Desde pequeños nos enseñan a pedir perdón cuándo hacemos algo mal. Nuestros padres, profesores, la sociedad y religiones nos lo enseñan desde tan pequeños que creciendo se vuelve un hábito muy común, pedimos perdón por hacer algo mal, equivocarnos, inconveniencias o hacerle daño a otros.
Inicialmente, la palabra perdón significaba que habíamos hecho algo incorrecto y que nos disculpamos por nuestras acciones. Una simple disculpa significaba que reconocemos conscientemente nuestras aciones y reconocemos como pueden haber impactado en los demás, hasta sentir empatía desde la perspectiva del otro y ver como nuestras acciones pueden haber causado dolor, molestia o desilusión a los demás.
Por lo tanto, al decir perdón no deberíamos volver a actuar de esa forma. “Lo siento” significaba una lección aprendida, un desarrollo personal, un escalón hacia arriba. A veces lo siento significa que valoras una relación más de lo que te pueda importar tu propio ego u orgullo.
Sin embargo, muchas veces pedimos perdón innecesariamente, sin haber comprendido realmente la razón por la cual lo hacemos. Muchos también, piden perdón simplemente para “llevar la fiesta en paz”. Estamos empezando a disculparnos por cosas irrelevantes, cosas que a veces no son nuestras o que no tienen la culpa de nadie. También nos disculpamos por ser simplemente de cierta manera; nos disculpamos por ser nosotros mismos ante personas que no aceptan quiénes somos o por tener una forma alternativa de lograr las cosas o hasta de pensar.
Claro que decir perdón nunca está de mas, pero “perdón” es una de las palabras que no debe perder su significado, esencia y alma.
Pedir perdón es simple, lo difícil está en haber aprendido la lección, tomar lo ocurrido como motivación para no continuar haciendo las cosas mal y tratar de no cometer ese error otra vez.
Escrito con amor,
Maia.
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